Lago sulfuroso

«…lo más terrible no es el Anticristo, sino esta nueva ciudad descendida del cielo, la ciudad santa “preparada como una esposa adornada para su esposo”. Cada lector un poco sano del Apocalipsis se siente ya en el lago sulfuroso. (…)

«La mayor falsificación literaria», decía Nietzsche. La fuerza de Lawrence cuando analiza los temas precisos de esta decadencia, de esta falsificación en el Apocalipsis (nos limitaremos a señalar unos puntos concretos):

1. La transformación del infierno. Precisamente, entre los paganos el infierno no está separado, depende de la transformación de los elementos en un ciclo: cuando el fuego se vuelve demasiado fuerte para las aguas dulces, las quema, y el agua produce la sal como el hijo de la injusticia que la corrompe y la vuelve amarga. El infierno es el aspecto malo del agua subterránea. Si acoge a los injustos se debe a que él mismo es el efecto de una injusticia elemental, un avatar de los elementos.

Pero la idea de que el infierno esté separado en sí mismo, de que exista por sí mismo, y de que sea una de las dos expresiones de la justicia última, todo eso tendrá que esperar la llegada del cristianismo: (…) “balsa de azufre incandescente por naturaleza”, donde las almas se abrasan para siempre jamás. Incluso el mar, para mayor seguridad, será vertido en la balsa de azufre: así desaparecerán las conexiones de todos los tipos. (…)»

– Deleuze, “Crítica e Clínica”

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