La fe en la embriaguez

«50. La fe en la embriaguez. Los hombres que viven momentos de sublime arrebato y que, en estado normal, se sienten miserables y desconsolados a causa del contraste y de su eno…rme desgaste de fuerza nerviosa, consideran esos momentos como la auténtica manifestación de ellos mismos, de su yo, y piensan, por el contrario, que la miseria y la desolación son efectos de su no-yo. Por eso quieren vengarse de los que les rodean, de su época y de todo lo que significa su mundo. La embriaguez les parece la verdadera vida, el verdadero yo, no viendo en los demás sino enemigos que tratan de impedirles o de obstaculizarles el disfrute de su embriaguez, ya sea ésta intelectual, moral, religiosa o artística. Una buena parte de los males de la humanidad se debe a estos ebrios entusiastas, ya que siembran incansablemente la semilla del descontento con uno mismo y con el prójimo, del desprecio del mundo y de la época en que viven, y sobre todo el desaliento. Puede que todo un infierno de criminales no hubiera bastado para producir unas consecuencias tan nefastas y duraderas, unos efectos tales de pesadez y de inquietud que corrompen la tierra y el aire, y que es lo que lega ese pequeño grupo de individuos desenfrenados, lunáticos y medio locos, de genios que no saben controlarse, que sólo disfrutan plenamente de sí mismos extraviándose por entero; mientras que el criminal, en cambio, da muchas veces muestras de un admirable dominio de sí mismo, de sacrificio y de sabiduría, contribuyendo a mantener vivas estas cualidades en los que le temen. Para él, la bóveda celeste que se eleva sobre la vida se va tornando quizá oscura y peligrosa, pero la atmósfera sigue siendo saludable y clara. Por otra parte, esos iluminados hacen todo lo que pueden para implantar en la vida la fe en la embriaguez espiritual, como si ésta fuera la vida por excelencia. Se trata, ciertamente, de una creencia terrible. Al igual que hoy se corrompe a los salvajes con aguardiente, hasta hacerles perecer, toda la humanidad ha sido envenenada lenta y radicalmente por los aguardientes espirituales que producen esos sentimientos embriagadores y por quienes mantenían vivos el deseo de experimentar dichos sentimientos. Hasta puede que la humanidad perezca por esta causa».

– Nietzsche, “Aurora”

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