Pero a mi noche no la mata ningún sol

«La mesa verde

El sol como un gran animal demasiado amarillo.
Es una suerte que nadie me ayude. Nada más peligroso, cuando se
necesita ayuda, que recibir ayuda.

Me rememoro al sol de la infancia, infusa de
muerte, de vida hermosa.

Pero a mi noche no la mata ningún sol.

La errancia, la canción de nosotros dos, tiemblo
como en una metáfora el alma comparada con
una candela.

Y nada será tuyo salvo un ir hacia donde no hay
dónde.

He aquí que se estremece el espacio como un
gran loco.

Alguien demora en el jardín el paso del tiempo.

Me alimento de música y de agua negra. Soy tu
niña calcinada por un sueño implacable.

Máscaras de la noche en qué lugar perdido que
nadie más que yo conoce.

¿Tendré tiempo para hacerme una máscara
cuando emerja de la sombra?
Invitada a ir nada más que hasta el fondo.

Me pruebo en el lenguaje en que compruebo el
peso de mis muertos.

El mar esconde sus muertos. Porque lo de abajo
tiene que quedar abajo.

Para mejor ser el que fue, ha querellado con su
nueva sombra, ha luchado contra lo opaco.»

– Flora Alejandra Pizarnik, “Textos de sombra y últimos poemas” (1982)

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